Voces desde el más allá de la historia

domingo, 17 de julio de 2016

El pasado secreto de los Borbón empieza a destaparse con la muerte de José Puig Romero


El pasado tenebroso de los hermanos Puig Romero junto al déspota Fernando VII empezaba a destaparse en 1863 con la muerte de José, un año mayor que su hermano Federico, supuesto padre secreto del príncipe Alfonso, nacido el 28 de noviembre de 1857.  Su madre, Isabel II, hija de Fernando VII, se empleaba a fondo en cumplir su principal deber como reina: procrear. No la detuvo en ese regio menester el hecho de que su esposo y primo hermano, Francisco de Asís, funcionara mejor con los de su mismo sexo, según se contaba. Sin embargo, el rey consorte no bajaba la guardia e intentaba averiguar a quién correspondía la paternidad del vástago real de turno. En ello iban sus intereses, pues pactaba con los carlistas e intentaba deslegitimar a su esposa, que era ya ducha en ocultar sus amoríos clandestinos, lo que la convirtió en fiel entusiasta del método de fertilización asistida mediante donantes genéticos para la real estirpe.

Isabel II y Francisco de Asís con el pequeño príncipe Alfonso.

Según se deduce de la existencia de una carta dirigida por su hijo Alfonso cuando ya era rey a los hijos de Federico Puig Romero, a quienes llama hermanos, Federico también tuvo el dudoso honor de ser donante genético, con el resultado del heredero, que reinaría más adelante como Alfonso XII por poco tiempo debido a la tisis que padecía, propia de los Puig Romero y sus descendientes. Entre ellos José, que fallece el 11 de julio de 1863 de tisis laríngea. Era el mayor de los Puig Romero que quedaba vivo, y para quienes conspiraban contra Isabel II tenían gran interés los papeles que poseyera José si en estos pudiera sacarse a la luz lo que fue tan grave para que Fernando VII cambiara del mayor despotismo hacia esta familia a estar dispuesto a todas las concesiones. 

Se trataba de un pasado secreto y tremebundo que incluía la muerte falseada del padre de Federico que deja el camino libre a  Fernando VII para  llevar a palacio a su viuda hasta que se cansa de ella y costea su funeral secreto.  A esto se añadía el peligro de que se destapase la cortina de humo que en 1858 se lanzó sobre la paternidad de Alfonso XII mediante una onda expansiva de rumores para hacerla recaer sobre Enrique Puigmoltó y Mayans, que mantenía estrechos vínculos de amistad con Federico Puig Romero, lo que facilitó que el triste papel de Federico pasara desapercibido. Un donante genético más para la estirpe Borbón, cual había sido su madre, Gertrudis, con el padre de Isabel II. A ambos se les había impuesto este carnal menester por el mero hecho de convertirse juguetes que habían de acatar ser despojados de su dignidad por capricho regio, con las consiguientes muertes prematuras convenientes  que dejan huérfanos y en la indigencia a los Puig Romero.  La historia se repetía años después  con uno de ellos, Federico, asesinado el 22 de junio de 1866 como resultado de una conspiración en la que se halla involucrada Isabel II. La muerte de  José Puig Romero tres años atrás pareció destapar los secretos que a la dinastía Borbón convenía seguir ocultando.